
Manuel tiene 79 años, vive en Boadilla del Monte y hace dos años le diagnosticaron enfermedad de Parkinson. Cuando empezamos a trabajar juntos, la enfermedad ya había avanzado y, por desgracia, su evolución ha sido rápida. Hoy le veo dos días por semana en su casa.
Y conviene decirlo desde el principio, sin rodeos, nuestro objetivo no es curar, porque el Parkinson no tiene cura. Nuestro objetivo es otro, igual de importante: acompañar, mantener capacidades el mayor tiempo posible y mejorar su calidad de vida en el día a día. Que se mueva mejor, que respire mejor, que se sienta más seguro… y que su cuerpo no viva “en guerra” consigo mismo.
Parkinson no es solo el temblor
Muchas personas asocian el Parkinson únicamente al temblor. A veces lo hay, a veces no, y además puede variar según el momento del día. El Parkinson es una enfermedad neurodegenerativa que afecta al movimiento, entre otras cosas, por la disminución de dopamina en el cerebro. En la práctica, esto puede traducirse en síntomas como lentitud al moverse, alteraciones del equilibrio, cambios en la postura y, sobre todo, rigidez.
Y cuando hablo de rigidez no me refiero solo a “músculos duros” como si fuera una contractura puntual. La rigidez del Parkinson es una tensión constante, una especie de resistencia interna que obliga al cuerpo a hacer un sobreesfuerzo continuo incluso para gestos simples: girarse en la cama, levantarse de una silla, caminar unos metros por casa o ponerse una chaqueta.
Esa tensión sostenida agota. Y también condiciona la respiración.
Lo que me preocupa especialmente en Manuel es la rigidez torácica
En Manuel hay un aspecto que me ocupa (y me preocupa) especialmente: la rigidez torácica.
Con el paso del tiempo, es frecuente que la musculatura del pecho y la espalda pierda elasticidad, que la postura tienda a “cerrarse” (hombros hacia delante, pecho más hundido) y que el tórax pierda movilidad. Si el tórax se mueve menos, la respiración se vuelve más superficial: el aire entra, sí, pero muchas veces entra “a medias”.
Esto no es un detalle menor. Cuando el pecho se expande menos, algunas zonas del pulmón ventilan peor. Y en épocas del año en las que aumentan los catarros y las infecciones respiratorias, eso puede ser un factor añadido: si se ventila peor, puede costar más movilizar secreciones y aumenta el riesgo de que un resfriado se complique. En personas mayores, cualquier problema respiratorio merece que estemos atentos.
No se trata de alarmar, ni de vivir con miedo. Se trata de entender el cuerpo y poner medidas sensatas para cuidarlo.
Por qué dedicamos tiempo al trabajo respiratorio
Por eso, una parte fundamental de nuestras sesiones se centra en la respiración y en la movilidad del tórax. En casa, con calma, adaptándonos a cómo se encuentra Manuel ese día, trabajamos principalmente cuatro líneas:
- Movilizaciones costales suaves, para ayudar a que la caja torácica recupere algo de elasticidad. No buscamos forzar; buscamos facilitar.
- Ejercicios de expansión torácica coordinados con la respiración, para que el aire “encuentre espacio” y no se quede en una respiración cortita, de pecho cerrado.
- Trabajo postural, porque abrir el pecho no es solo estirar: es recuperar una posición en la que respirar cueste menos. A veces el cuerpo se va cerrando poco a poco sin que uno se dé cuenta.
- Respiración diafragmática, que dicho de forma simple es aprender a usar mejor el “músculo principal” de la respiración (el diafragma) para que el aire entre más profundo y eficaz, sin tanta tensión en cuello y hombros.
Además, el masaje terapéutico en Manuel no busca únicamente “relajar por relajar”. Tiene un sentido muy concreto: reducir la tensión de la zona dorsal y pectoral, liberar la rigidez acumulada y facilitar que el tórax pueda moverse con más libertad. A veces, un pequeño cambio en esa tensión hace que la respiración se sienta más “amplia” al momento.
Constancia, adaptación y objetivos realistas
Hay algo que repetimos mucho: empezar poco a poco. Movilizaciones suaves, ejercicios sencillos, trabajo de amplitud articular para mantener su movilidad y su autonomía. No buscamos grandes retos ni un “antes y después” espectacular. Buscamos constancia.
En el Parkinson, y especialmente cuando la evolución es rápida, lo más valioso suele ser lo menos llamativo: que algo no empeore tan deprisa, que una tarea cotidiana sea un poco más fácil, que el cuerpo se sienta menos rígido al final del día.
Un detalle que lo dice todo sucede cuando Manuel se queda dormido
Y aquí pasa algo muy bonito. En muchas sesiones, Manuel termina quedándose dormido.
Podría parecer una anécdota, pero para mí tiene mucho significado. Su cuerpo vive a menudo en tensión permanente. Que se duerma no es casualidad: es una señal de que, por un rato, su sistema baja revoluciones. Se relaja de verdad. Y ese descanso, aunque sea breve, es bienestar real.
La medicación es esencial para controlar los síntomas del Parkinson. La fisioterapia no la sustituye, pero puede ser un complemento muy valioso para mantener movilidad, trabajar la respiración, reducir rigidez y prevenir riesgos añadidos.
No podemos frenar la enfermedad, pero sí podemos influir en cómo se vive.
Y en el caso de Manuel, cada sesión es una pequeña victoria: respirar un poco mejor, moverse con algo más de libertad, sentirse más tranquilo. Cuando cierro la camilla y salgo hacia el siguiente domicilio (hoy, por cierto, me pillaba cerca; otro día te contaré la historia de Ángeles), me quedo con una imagen: esos ojos que desprenden gratitud. Y eso, de verdad, no tiene precio.
Nota importante: cada persona con Parkinson es diferente. Si tú o un familiar tenéis síntomas respiratorios, rigidez marcada o dudas sobre qué es seguro hacer, lo más recomendable es una valoración individual por un fisioterapeuta.

Colegiado nº 3867
Diplomado en Fisioterapia por la Universidad de Malta. Master de osteopatía por la Universidad de Alcalá de Henares






