Begoña tiene 55 años, vive en la zona de Avenida de América en Madrid y trabaja en la industria farmacéutica. Su rutina es la de muchas personas que viven con la maleta medio hecha: aeropuertos, taxis, hoteles y consultas médicas. Esta última semana había dormido una noche en Santiago de Compostela, otra en Frankfurt, dos en Barcelona y la última en su casa. Llegó a la cita del viernes agotada y con un dolor lumbar intenso.

—Mi ritmo de vida es incompatible con una espalda sana —me dijo convencida.

Y, en parte, tiene razón. Los viajes continuos, dormir en colchones distintos, arrastrar maletas y pasar horas sentada no ayudan. Pero cuando alguien me explica su dolor con tanta seguridad, suelo pensar que quizá la causa no sea tan evidente.

Durante la sesión hablamos largo y tendido. El fin de semana estaba a la vuelta de la esquina:  “Por fin, dos días para descansar!” Me contó que los fines de semana los dedica a cuidar de su padre, que necesita ayuda para levantarse del sillón. No le dio demasiada importancia. Para ella era simplemente “echarle una mano”. Sin embargo, algo en la forma en que lo dijo me hizo prestar atención.

Como ya era viernes, en vez de verla en su casa, la vi en la casa de sus padres y Juan estaba, como de costumbre viendo la televisión tan a gusto.  Al finalizar la sesión, le llamó para ayudarle a ponerse de pie.

Allí la observé sin interrumpir.  Cuando quiso levantarse, Begoña se colocó frente a él. Se inclinó desde la cintura, doblando la espalda, adelantó los brazos y, con un movimiento rápido, tiró hacia arriba con un impulso seco.

Su gesto era generoso, decidido. Pero su zona lumbar estaba completamente expuesta.

No acompañaba el movimiento. Lo ejecutaba por él.

En vez de facilitar que su padre activara sus piernas, inclinara el tronco hacia delante y participara en la acción, Begoña asumía gran parte del esfuerzo. Su espalda hacía de palanca, sus lumbares soportaban la carga y el impulso final recaía sobre una columna flexionada. Repetido varias veces cada fin de semana, ese gesto era mucho más agresivo que cualquier vuelo a Frankfurt.

Después, tomando el pequeño tentempié que siempre de deja preparado (eso solo nos pasa a los fisioterapeutas que trabajamos a domicilio), lo comentamos.

Le expliqué que ayudar no es lo mismo que cargar. Acompañar significa colocarse cerca, mantener la espalda recta, flexionar las rodillas, activar el abdomen y permitir que la otra persona haga su parte. Es guiar el movimiento, no sustituirlo. Es usar el peso del propio cuerpo y la fuerza de las piernas, no convertir la zona lumbar en el punto de apoyo principal.

Cuando lo entendió, su expresión cambió. No era la maleta. No era el colchón del hotel. Era ese pequeño gesto repetido, lleno de buena intención, pero técnicamente incorrecto.

Este tipo de situaciones son muy habituales. Muchas personas activas, resolutivas, acostumbradas a hacerse cargo de todo, también “se hacen cargo” físicamente de los demás. Y el cuerpo, silencioso al principio, acaba hablando en forma de dolor.

En cuanto al tratamiento de su lumbalgia, realizamos un abordaje conservador y efectivo:

  • Terapia manual para descargar la musculatura paravertebral y glútea.
  • Movilizaciones lumbares suaves para recuperar movilidad sin irritar la zona.
  • Trabajo específico de activación del core, especialmente transverso abdominal y musculatura profunda estabilizadora.
  • Ejercicios de movilidad de cadera, fundamentales para que la zona lumbar no compense en exceso.
  • Reeducación del gesto de levantamiento, practicándolo de forma segura.

“Tengo unas ganas de jubilarme ya!” me comentó; pero Begoña de momento seguirá viajando. Seguirá cuidando de su padre. Su vida no va a cambiar radicalmente. Pero su manera de moverse sí puede hacerlo.

Porque a veces el problema no está en los kilómetros recorridos, sino en cómo usamos nuestro cuerpo en los momentos más cotidianos.

Y fue en el salón de casa de sus padres, no en un aeropuerto, donde realmente empezó a resolverse su dolor lumbar.

Published On: 3 marzo, 2026 / Categories: Dolores articulares y musculares /

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Maria
12:54 04 Dec 25
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Sandra Jimenez
17:18 01 Dec 25
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Muchas gracias a Javi, de Gijón, por haber tenido tanta paciencia y ser tan buen profesional
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Buenaventura Alonso
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Maria Gallardo Camacho
10:48 29 Apr 19
Supuestamente vienen a casa para 1 hora!! Pero en la primera sesión estaria unos 40min maximo y en la segunda 30 minutos, y no es que te den un masaje como se debe para tratar el problema de la lección en mi caso en la espalda... No lo recomiendo para nada ya que son supuestamente profecionales y dejan mucho que desear en la sesión ya que te quedas igual que si no te hubiesen dado. Nada que ver con cualquier fisioterapeuta al que se pueda ir. Nada recomendable.
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09:13 03 Sep 16
Soy paciente desde hace años y estoy encantado por la eficacia, profesionalidad y buen trato.
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